Teotihuacán en un país que se desmorona. La Carreta
Teotihuacán en un país que se desmorona donde debería sostenerse
La Carreta por Eréndira Karina Córdoba
Miércoles 22 de abril del 2026.
Teotihuacán debería ser el lugar donde México respira. Donde recordamos que este país fue capaz de levantar ciudades que desafiaron al tiempo, donde la historia se impone incluso a la modernidad. Pero hoy, Teotihuacán es otra postal de lo mismo; un territorio donde la violencia manda, donde la ilegalidad se normaliza y donde la impunidad opera con la misma solidez con la que alguna vez se levantaron las pirámides.
Teotihuacán es un espejo incómodo, un recordatorio de que este país se tambalea frente a violencias que parecen imposibles de contener. Y quizá por eso duele tanto ver cómo la zona arqueológica más emblemática de México aparece en las noticias no por su grandeza, sino por el «incidente» en días pasados.
Lo que ocurre en Teotihuacán no es un hecho aislado, es un síntoma; un síntoma de un país donde la violencia se ha vuelto paisaje, donde la autoridad llega tarde o no llega, donde la ilegalidad se normaliza y donde la vida —humana, cultural, histórica— parece siempre estar en riesgo.
Mientras millones de turistas suben la Pirámide buscando una foto luminosa, alrededor se libra otra escena llena de extorsiones, enfrentamientos, amenazas, disputas por el control del territorio, comerciantes que trabajan con miedo, comunidades que sobreviven entre la precariedad y la desprotección. Teotihuacán, la ciudad donde los dioses se hicieron hombres, es hoy un recordatorio de cómo los hombres pueden destruir lo que heredaron.
Y lo más grave es que esta violencia no sorprende a nadie. Indigna, sí. Pero sorprender, ya no. Porque lo que pasa en Teotihuacán pasa en todo México: en los caminos rurales donde desaparecen personas sin que nadie lo note, en los municipios donde la extorsión es parte del presupuesto familiar, en las ciudades donde la vida cotidiana se organiza alrededor del miedo, en los espacios públicos donde la autoridad aparece solo para la foto, no para la protección.
La violencia dejó de ser un fenómeno y se convirtió en un sistema. Un sistema que opera con reglas claras, donde el Estado observa, la ciudadanía sobrevive y los grupos que ejercen violencia ocupan los vacíos. La misma violencia que se alimenta de un Estado que reacciona tarde e investiga poco. La misma que convierte cualquier lugar, incluso uno declarado patrimonio, en territorio vulnerable.
Teotihuacán es, entonces, una metáfora dolorosa en un país que presume su historia mientras descuida su presente. Un país que protege piedras milenarias con más celo que a las personas que viven alrededor de ellas. Un país que habla de grandeza mientras normaliza la barbarie.
La pregunta es inevitable, ¿Cómo puede un país que construyó pirámides no ser capaz de construir seguridad? La respuesta no está en la arqueología, sino en la política pública.
No está en el pasado, sino en la incapacidad del presente para garantizar lo básico, que la gente pueda vivir, trabajar y caminar sin miedo.

Porque si un sitio que debería tener vigilancia, presencia institucional y prioridad nacional termina sometido a la misma lógica de abandono que cualquier colonia periférica, entonces la conclusión es inevitable; la impunidad no distingue entre patrimonio histórico y vida cotidiana. Avanza donde puede, crece donde la dejan, se instala donde el Estado retrocede.
Teotihuacán debería ser un símbolo de orgullo nacional. Hoy es un recordatorio de que la violencia ya no respeta nada, ni la historia, ni la cultura, ni la vida de oriundos o extranjeros.
Desde esta carreta que avanza entre ruinas antiguas y ruinas contemporáneas, la reflexión es simple y brutal, «un país que no puede proteger su patrimonio histórico, tampoco podrá proteger su patrimonio vivo, su gente.».
México construyó pirámides que han resistido siglos, pero no ha logrado construir un sistema de justicia que resista una década. Y mientras no entendamos eso, seguiremos levantando pirámides en el discurso y permitiendo que la realidad se nos derrumbe a los pies.
El no apropiarnos de la idea de que la violencia no se combate con discursos ni con operativos temporales, sino con instituciones que funcionen, Teotihuacán seguirá siendo lo que es hoy; un recordatorio de que este país tuvo grandeza, pero no ha sabido defenderla.
*La Carreta por Eréndira Córdoba:



