Uso faccioso del poder

El uso faccioso del poder por parte de AMLO es el síntoma inequívoco del desprecio por la democracia, por: Ángel Dorrego

En un hecho inédito en nuestra otrora incipiente y hoy raquítica democracia, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha admitido que está interviniendo en las elecciones que actualmente desarrollan su etapa final de campañas. Lanzó a la independiente Fiscalía General de la República en contra de los dos candidatos punteros en la elección para gobernador en el estado de Nuevo León por una anomalía tan común que, si investigaran a todos los postulantes que lo hacen, nos quedamos sin policías. Justo donde la candidata del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) sufrió de una terrible caída en las preferencias electorales tras comprobarse su involucramiento en una secta cuyo líder está en prisión por abusos que da enojo repetir.

López Obrador tiene un conflicto abierto con el gobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, quien tiene actualmente orden de aprehensión vigente. Su premura por hacer la detención antes de las elecciones está haciendo que su caso jurídico sea un castillo de naipes que en el largo plazo sólo impedirá que se haga justicia. El presidente justifica su comportamiento diciendo que no va a ser un cómplice del fraude al pueblo por la omisión de no actuar en contra de los trasgresores. Pero visiblemente no ha tocado a uno sólo de los candidatos de su partido. Por otro lado, ha sido beligerante con sus críticos y detractores. Por cierto, serlo no está prohibido en ley alguna. Sólo por aclarar. Señala con nombre y apellido en sus conferencias matutinas a sus malquerientes mientras dice que están coordinados por fuerzas oscuras para evitar la cuarta transformación.

Para el presidente, la causa del pueblo está completamente representada en Morena, mientras que los demás partidos encarnan los intereses de saqueadores extranjeros y ladrones nacionales, por lo que lo patriótico y bueno para el pueblo es combatirlos, incluso cuando esto implique sobrepasar un mucho las leyes. Tome usted el enunciado anterior, cambie Morena por PRI y está usted describiendo el siglo anterior en nuestro país. López Obrador mismo fue priista en esa época. Tuvieron que hacerse grandes y pesadas reformas institucionales devenidas de acuerdos que costaron arduo esfuerzo y bastante dinero para arrebatarle al poder ejecutivo funciones en que pudiese hacer un uso faccioso del poder, como son las elecciones, donde la competencia inequitativa fue la regla. Si bien las instituciones emanadas para cumplir estas funciones, como el Instituto Nacional Electoral (INE), han tenido fallas y actos de corrupción, también es cierto que mantienen las vías abiertas para el acceso a la alternancia en el poder, cosa que me parece un poquito básica en una democracia.

Pero López Obrador quiere usar ese poder de forma facciosa porque para él la única corriente que merece ser representada es la suya, la de los buenos que hacen cosas cuestionables, pero a favor del bien. Ha dedicado muchísimo tiempo de su comunicación pública a indicarle al pueblo por quién debe de sufragar, cuando no lo utiliza para señalar a quienes lo quieren ver fracasar. Mientras tanto, las funciones que sí le corresponden durante las campañas electorales lucen algo abandonadas: los mecanismos para proteger a los candidatos han fallado de forma tan estrepitosa que, según el reporte de Integralia, llevamos 169 ataques a participantes de las campañas, 143 de ellos con consecuencias fatales. Son 27 los candidatos asesinados en este grupo.

Por si fuera poco, el país no se ha librado de la pandemia, la creciente violencia criminal y el estancamiento de las actividades económicas. Mucho trabajo para un presidente concentrado en apuntar el aparato del estado en dirección de los opositores a su gestión, pues es más importante que los buenos ganen esta lucha histórica que tiene más trazos de paranoia que análisis político. Es lo malo de dividir dicotómicamente el mundo: los buenos se concentran tanto en ganar que terminan comportándose igual que los malos, abusando del poder para lograr algo que nunca alcanzaran porque están enfocados en conservarlo. El uso faccioso del poder es el síntoma inequívoco del desprecio por la democracia.

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Gobierno total, pero barato. Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.

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