
Cuando el blues encontró un hogar en Querétaro
Cuando el blues encontró un hogar en Querétaro
Por *Ofelia Muñoz Catalán
Todo comenzó mucho antes de los grandes escenarios, de los festivales internacionales o de las guitarras y bajos eléctricos que hoy identifican al género. El blues nació a finales del siglo XIX en el sur de Estados Unidos. Ahí, las comunidades afroamericanas transformaron la música en una manera de nombrar sus vivencias, su resistencia y su esperanza. Aquellas primeras canciones surgieron entre campos de cultivo, pequeños poblados y largas jornadas de trabajo. Con ellas se fue formando un género que cambiaría para siempre la historia de la música.
Antes de llenar teatros y auditorios, sonó en instrumentos hechos con creatividad y necesidad. Muchas de las primeras guitarras artesanales partían de cajas de madera donde se empacaban los habanos, a las que se les adaptaba un mástil y unas cuantas cuerdas hasta convertirlas en un instrumento capaz de acompañar relatos de amor, nostalgia, esfuerzo y libertad. No había grandes recursos. Pero sí una necesidad profunda de hacer música. Quizá por eso el blues conserva, hasta nuestros días, una autenticidad que sigue emocionando a quien lo escucha por primera vez.
Ese sonido acabó por cruzar fronteras. Llegó a Europa, inspiró a generaciones de músicos y, más tarde, encontró un lugar en México. Su presencia se hizo visible primero en las ciudades fronterizas, durante la segunda mitad del siglo XX. Fue el entusiasmo de músicos independientes lo que permitió que el género se extendiera hacia otras regiones del país, foro tras foro, festival tras festival, hasta ganar público propio.
Querétaro también fue parte de esa historia.
A principios de los noventa, el blues era prácticamente desconocido para la mayoría del público queretano. La ciudad vivía un fuerte crecimiento urbano e industrial, pero su oferta musical seguía concentrada en géneros tradicionales y comerciales. Apostar por el blues parecía arriesgado. Sin embargo, las grandes transformaciones culturales casi siempre arrancan igual: con un puñado de personas convencidas de que vale la pena abrir camino.
Así nació, en agosto de 1994, Callejón Blues Band. Sus fundadores —Roberto Ochoa Granados, Mauricio Ávila Barba, José María Guadalupe Cabrera Hernández y Armando Aguilar Hernández— eran entonces jóvenes emergentes. Compartían el gusto por una música que casi nadie conocía en la ciudad. Y una ilusión: demostrar que el blues también podía tener un lugar en la vida cultural de Querétaro.

Lo que empezó como un proyecto juvenil terminó convirtiéndose en una de las agrupaciones con mayor permanencia dentro de la escena independiente del estado. A lo largo de más de tres décadas, Callejón Blues Band no solo ha interpretado clásicos del género: ha desarrollado un repertorio propio, ha formado públicos, ha compartido escenarios con nuevas generaciones de músicos. Y ha mantenido vivo un movimiento que hoy distingue a Querétaro dentro del circuito nacional del blues.
Su aporte trasciende lo musical. La banda ha demostrado que la constancia también construye patrimonio cultural. Cada ensayo, cada presentación, cada nuevo proyecto ha fortalecido una comunidad de artistas y seguidores que entienden el blues como expresión de identidad, convivencia y libertad creativa. Gracias a ese trabajo persistente, hoy existen otras agrupaciones queretanas que siguen enriqueciendo la escena local y ampliando el interés por el género.

Esta historia habla también de colaboración. Ningún movimiento artístico se consolida solo por el talento de sus intérpretes; necesita espacios, públicos y proyectos capaces de reunir a quienes comparten una misma pasión. Ahí entra el Festival Queretablues, uno de los esfuerzos culturales más significativos dedicados a este género en el país.
Con los años se ha convertido en un punto de encuentro para músicos de distintas entidades de la República y de otras latitudes —desde la India hasta Centro y Sudamérica— y en una tradición anual para su público. Más que una serie de conciertos, el Queretablues demuestra algo sencillo: los espacios públicos pueden volverse escenarios donde la música fortalece el diálogo, la convivencia y el acceso democrático a la vida artístico-cultural.
En una época donde las tendencias musicales cambian con rapidez, el blues sigue recordando que la autenticidad nunca pasa de moda. Su permanencia no depende de campañas publicitarias ni de algoritmos digitales. Depende de personas que siguen encontrando en sus acordes una manera de contar historias y compartir emociones que se sostienen, generación tras generación.
Hoy, más de treinta años después de que un grupo de jóvenes decidiera apostar por un género poco conocido en la ciudad, el blues forma parte del mosaico cultural de Querétaro. Sigue escribiéndose en cada concierto, en cada músico que se suma a esta comunidad, en cada persona que descubre por primera vez que detrás de una guitarra también puede existir una forma de narrar la vida: un llamado a conocer nuevos mundos.

La próxima oportunidad para vivir esa experiencia será pronto. Del 30 de julio al 2 de agosto se llevará a cabo la decimotercera edición del Festival Queretablues, con sede en el Jardín del Arte y el Museo de Arte del Centro Histórico de Querétaro.
Porque el blues nunca pidió quedarse. Simplemente encontró un lugar donde ser escuchado. Y desde hace más de treinta años habita también las calles, las noches y la memoria de Querétaro por eso nunca ha necesitado explicar nada. Le basta con permanecer ahí, como un testigo silencioso, mientras la vida sigue escribiendo historias que empiezan sin hacer ruido y que, con el tiempo, terminan formando parte de la memoria. ¿De cuántas habrá sido testigo sin que nadie lo supiera?
*Catedrática e investigadora de patrimonio Cultural
Fotos: Guitarras de cajas de habanos. Festival de blues en Querétaro. Callejón Blues Band: Por Ofelia Muñoz Catalán
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