Columnas

“Sirvienta” en un país marcado por desigualdades. La Carreta

 

La sirvienta de la ciudad”: cuando el clasismo se asoma en el discurso público

La Carreta por Eréndira Karina Córdoba

Viernes 15 de mayo del 2026

En México, la palabra “sirvienta” no es neutra. Arrastra siglos de desigualdad, subordinación y jerarquías que todavía atraviesan hogares, trabajos y discursos. Usarla para referirse al trabajo municipal no solo es insensible: es profundamente revelador. Revela distancia. Revela desconexión. Revela una mirada vertical del poder.

Pocas palabras cargan tanta historia de desigualdad como “sirvienta”, palabra que no describe un oficio, describe un rango que no nombra a el valor detrás de ella, nombra una posición social. Es un término que nació para marcar distancia, subordinación y desigualdad,  no para reconocer el trabajo que desarrollan miles de personas día a día.

Las trabajadoras del hogar —porque ese es el término correcto— realizan labores esenciales, entre esas tareas cuidan, limpian, cocinan, organizan, sostienen e incluso la hacen de enfermeras y a veces, más presentes que algunos miembros del hogar. En resumen, son la columna invisible de miles de familias. Sin ellas, la vida cotidiana de muchas personas simplemente no funcionaría.

Y aun así, históricamente han sido tratadas como si su trabajo no valiera. Como si su esfuerzo fuera “natural”, “femenino”, “doméstico”, “menor”. Como si su presencia fuera un servicio y no un derecho laboral.

En el país, arrastran décadas de jornadas excesivas, sin pagos justos, con violencias normalizadas, invisibilización, acusaciones y desplazamientos. La palabra «sirvienta» representa todo eso, por eso indigna cuando se nombra sin responsabilidad.

El trabajo del hogar es trabajo, no servidumbre. Requiere habilidades, disciplina, organización, fuerza física y emocional. Es un oficio digno y necesario. Nombrarlo correctamente es el primer paso para reconocerlo. Dignificarlo es el segundo. Garantizar derechos es el tercero.

El senador Agustín Dorantes soltó una de «esas» cuando comparó a un alcalde con “la sirvienta que barre, limpia y tala árboles”. Lo dijo sin pensarlo. Y lo dijo desde un lugar que revela más de lo que él mismo quisiera admitir. Porque no fue un tropiezo retórico. Fue un resbalón ideológico.

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Usarla para referirse al trabajo municipal no solo es insensible, un recordatorio de que el clasismo sigue respirando en la política queretana, incluso en quienes presumen modernidad discursiva.

Cuando el senador utiliza la palabra “sirvienta” para hablar de un cargo público, no solo se equivoca, reproduce una visión clasista del trabajo y del poder. Porque en su metáfora, la “sirvienta” es lo menos. Lo que nadie quiere ser. Lo que se mira hacia abajo. Y ahí está el problema; si desprecia ese trabajo, ¿Cómo va a entender a quienes lo realizan? Si desprecia la labor cotidiana, ¿Cómo va a entender la política de proximidad? Si desprecia la calle, ¿Cómo va a entender a la ciudad?

La frase cayó pesada, como caen las palabras que no solo se dicen: se revelan. El senador Agustín Dorantes comparó a un alcalde con “la sirvienta”. Lo dijo en una entrevista programada, no un chacaleo banquetero, apabullado por las prisas o por correr a cumplir con la agenda . Lo dijo sin titubeo. Y lo dijo desde su lugar que, más que político, es profundamente diferenciador.

Porque no es solo una metáfora desafortunada. Es una ventana al modo en que algunos entienden el poder: desde arriba, desde el balcón, desde la distancia cómoda de quien legisla lejos y no pisa la calle, que es donde se juega la política real.

El error político el despreciar la trinchera más cercana al ciudadano, desestimar la alcaldía de Querétaro, es desconocer el espacio donde se resuelven los problemas que definen la vida cotidiana: baches, basura, agua, seguridad, alumbrado, parques.

Por que si bien un senador debate leyes; un alcalde enfrenta la realidad. Un senador legisla lejos; un alcalde resuelve cerca.  Uno legisla en abstracto; el otro opera en concreto. Uno debate conceptos; el otro enfrenta problemas. Uno discute; el otro resuelve. Uno mira desde el balcón; el otro camina la calle. Y en Querétaro, la calle pesa. La calle define. La calle legitima.

La política municipal es la política de proximidad. La que toca la puerta. La que escucha. La que se ensucia los zapatos. Y despreciarla es despreciar al ciudadano. La analogía deja ver algo más profundo en un mensaje involuntario de no querer ensuciarse las manos, Dorantes no quiere “barrer, limpiar o talar árboles”. Es decir, no quiere lidiar con los problemas reales de la gente.

Pero el ciudadano ya no vota por ideologías ni por discursos abstractos. Vota por operatividad real, por servicios públicos eficientes, por seguridad, Vota por quien resuelve, no por quien se deslinda.

Sirvienta

El comentario del senador contrasta con la trayectoria de su propio mentor político, Pancho Domínguez, quien construyó legitimidad desde la calle con programas como Alcalde en tu Calle. Domínguez entendió que la política municipal es la base de cualquier proyecto mayor. Que quien domina la calle, domina la narrativa. Y que quien resuelve, trasciende; su propio mentor sí entendió el porqué de la tierra en los zapatos.

Como servidores públicos efectivamente, es prioridad que estén al cien por ciento en las funciones correspondientes a su cargo, no solo para el puesto de Alcalde, Diputado, Gobernador o Senador, requiere concentración y capacidad de respuesta 24/7, por que las ciudades no paran, el tiempo no perdona.

El senador panista comete una pifia grave al desdeñar el cargo con más contacto ciudadano. Porque en política, quien desprecia la calle difícilmente entiende al ciudadano de a pie. Y quien habla desde el balcón termina desconectado de la ciudad que dice representar.

A pregunta expresa de que si le entra la alcaldía, respondió textualmente: «Tengo la responsabilidad de ser Senador de la República», así lo refirió y a modo de breviario cultural, hasta mayo de 2026, Agustín Dorantes no tiene iniciativas aprobadas como senador. Sí tiene iniciativas presentadas como coautor y turnadas,  Reforma al artículo 71 constitucional. Reformas a la Ley General en Materia de Desaparición Forzada. Estas iniciativas fueron turnadas a comisiones, ninguna aprobada en el pleno del Senado según los registros públicos consultados.

Por cierto, tengamos en claro que un presidente municipal está contratado para desarrollar ciertas actividades, las cuales están descritas en los reglamentos del Código Municipal la cual exhibe que el Presidente Municipal de Querétaro no es un cargo ornamental, es el ejecutor de los acuerdos del Ayuntamiento, el responsable directo de la administración pública y el operador de los servicios que definen la vida diaria, entre ellas administrar y vigilar que se cumplan y se cubran los servicios de seguridad, basura, alumbrado, calles, parques. Es quien representa al municipio, administra sus recursos y garantiza que la ciudad funcione. La política real ocurre ahí, en la trinchera municipal, no en la distancia cómoda del Senado.

Las palabras del Senador, no solo fueron un error retórico. Son un recordatorio de que el clasismo sigue filtrándose en el discurso público. Y de que, en Querétaro, la ciudadanía ya no tolera políticos que miran la ciudad desde arriba.

La frase de Dorantes no solo fue un resbalón, fue un síntoma. Y en La Carreta, los síntomas se analizan, se nombran y se exhiben.

 

*La Carreta por Eréndira Córdoba:

Eréndira Karina Córdoba, Secretaria de Finanzas de la Asociación de Comunicólogos y Periodistas de Querétaro, ACYPEQ y Directora General del Medio de Comunicación en Okey Querétaro y Okey Voz.

Eréndira Karina Córdoba

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