
El mes se acaba, la situación no
El mes se acaba, la situación no
”Reconocer” Por: Luisa Leticia Pérez Medina
Martes 29 septiembre, 2026
Septiembre se acaba, pero la situación no. Durante estas semanas RECONOCER se sentó frente a los números para tratar de comprender una parte del comportamiento del suicidio en Querétaro; hablamos de su crecimiento, de las diferencias por edad y sexo, distinguimos entre ideación, intento y muerte por suicidio y terminamos preguntándonos qué hacemos con todo aquello que ahora sabemos. Llegar al final del mes no significa cerrar el tema, quizá significa exactamente lo contrario: ponerlo sobre la mesa para que pueda encontrar eco más allá de estas páginas.
Y hoy quiero acercar esa mesa a San Juan del Río, particularmente a sus instituciones educativas.
Existe un antecedente local que merece recuperarse. Una investigación de la Universidad Autónoma de Querétaro, publicada en 2019 y realizada con una muestra representativa de estudiantes de secundarias públicas de San Juan del Río, encontró 10.7 % de ideación suicida reciente, 4.6 % de ideación suicida actual y 20 % de conducta suicida. Aquella investigación identificó asociaciones con depresión, impulsividad, consumo de alcohol y otras sustancias y problemas económicos, pero encontró también algo que hoy me interesa especialmente: entre los factores protectores aparecieron la autoestima y los recursos de apoyo.
El estudio tiene límites que debemos reconocer. Corresponde a estudiantes de secundarias públicas y a un momento determinado; no representa automáticamente a todos los adolescentes del municipio ni podemos utilizar sus resultados como una fotografía de lo que sucede en 2026. Precisamente por eso, siete años después, quizá valga la pena volver.
Entre aquella investigación y nuestros adolescentes de hoy ocurrió una pandemia. Cerramos escuelas, interrumpimos rutinas, perdimos personas y durante meses trasladamos buena parte de nuestras relaciones a una pantalla; una generación atravesó una etapa fundamental para aprender a relacionarse en condiciones extraordinarias. Para muchos adolescentes construir vínculos, pertenecer a un grupo, encontrarse con otros y aprender a relacionarse tuvo que ocurrir de una manera distinta. No podemos atribuir a la pandemia aquello que no hemos investigado ni utilizarla para explicar por sí sola el comportamiento suicida, pero tampoco podemos suponer que siete años después estamos frente a la misma generación y las mismas circunstancias.
Por eso valdría la pena realizar un nuevo estudio, recuperando cuando metodológicamente sea posible elementos que permitan comparar aquella fotografía con la actual, pero también incorporando una pregunta que después de un mes hablando de riesgo me parece fundamental:
¿Cuáles son hoy sus factores protectores?
Durante septiembre hemos hablado mucho de aquello que puede colocar una vida en riesgo y quizá llegó el momento de mirar también aquello que podemos fortalecer para protegerla. La autoestima, los vínculos, el sentido de pertenencia, el apoyo familiar y social, las habilidades para enfrentar dificultades y el acceso oportuno a atención profesional no garantizan que una persona nunca atravesará una crisis, pero pueden formar parte de los recursos con los que enfrentamos los momentos difíciles.
Y aquí también necesitamos mirarnos como adultos, pero no para repartir culpas. Muchas veces hemos acompañado desde las herramientas que nosotros mismos recibimos y crecimos escuchando frases como “échale ganas”, “tú puedes”, “no es para tanto”, “ya se te va a pasar” o “cuando tengas problemas de verdad vas a saber lo que es sufrir”. Probablemente detrás de muchas de ellas existió una intención genuina de fortalecer, consolar o preparar para la vida; hoy podemos agregar algo más: escuchar antes de responder, reconocer un dolor aunque desde nuestra experiencia adulta parezca pequeño y aceptar que algunas veces acompañar también significa buscar ayuda profesional.
Porque no necesitamos comparar dolores para reconocerlos.
Lo que para un adulto puede parecer un primer desamor, un conflicto entre amigos, una mala calificación o la sensación de no pertenecer, para un adolescente puede representar uno de los dolores más importantes que ha experimentado hasta ese momento. Escuchar no significa resolverles la vida, evitarles cada frustración ni impedirles enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones; también crecer implica perder, equivocarse, recibir un no y aprender que las cosas no siempre suceden como queremos. La diferencia está en que atravesar esos procesos acompañado no es lo mismo que atravesarlos sintiendo que aquello que nos pasa no importa.

Y ahí la prevención comienza a mirarse desde otro lugar.
Se construye cuando hay pertenencia.
Cuando existen vínculos.
Cuando una escuela tiene una ruta de atención y no solamente un cartel.
Cuando un adulto sabe escuchar sin juzgar.
Cuando una familia puede decir “vamos a buscar ayuda” en lugar de “tú puedes solo”.
Cuando un joven encuentra un lugar donde participar y descubre que tiene algo que aportar.
Cuando pedir atención psicológica deja de sentirse como una vergüenza.
Y cuando las instituciones dejan de trabajar como islas y comienzan a construir una red.
San Juan del Río tampoco parte de cero. La política pública municipal ya contempla acciones relacionadas con prevención, intervención, canalización, salud mental y adicciones, además de programas dirigidos a las juventudes. Eso permite pensar que quizá el siguiente paso no sea inventarlo todo nuevamente, sino articular lo que ya existe, fortalecerlo, evaluarlo y procurar que tenga continuidad más allá de los cambios administrativos.
Una estrategia comunitaria de factores protectores, además, no tendría por qué beneficiar exclusivamente a la prevención del suicidio. Fortalecer vínculos, pertenencia, habilidades socioemocionales, redes familiares, participación juvenil, detección temprana y acceso a atención profesional puede contribuir también frente a otros problemas que atraviesan nuestras comunidades, entre ellos las adicciones, la violencia y diferentes expresiones de malestar emocional.
Ahí las instituciones educativas pueden ser fundamentales, no porque debamos convertir a los maestros en psicólogos ni trasladarles una responsabilidad que corresponde a profesionales especializados, sino porque las escuelas son uno de los lugares donde nuestros adolescentes pasan buena parte de su vida. Tener rutas claras de atención y canalización, capacitar a quienes conviven cotidianamente con ellos, fortalecer actividades deportivas, culturales y artísticas, generar espacios de participación, trabajar con las familias y conectar a las escuelas con servicios profesionales son acciones concretas que pueden ayudar a construir comunidad.
Y quizá ésa sea una palabra que necesitamos recuperar: comunidad.
Una escuela puede escuchar, una familia acompañar, una universidad investigar, un servicio de salud atender, una institución pública coordinar y una comunidad ofrecer espacios para pertenecer; cuando cada uno trabaja por separado tenemos esfuerzos, pero cuando conseguimos conectarlos comenzamos a tener una red.
Por eso me parece pertinente volver, siete años después, a las secundarias de San Juan del Río. No para demostrar que nuestros jóvenes están peor ni para confirmar una conclusión que hayamos decidido de antemano, sino para conocer qué cambió, qué permanece y cuáles son hoy sus factores protectores.
Preguntar antes de diseñar.
Escuchar antes de intervenir.
Y después construir con ellos, no solamente para ellos.

Porque la prevención no debería depender de una conferencia anual ni comenzar cuando alguien ya está en crisis. Puede comenzar mucho antes, en un salón de clases, en casa, en una cancha, en un taller, en un grupo de amigos, en un espacio cultural o en cualquier lugar donde una persona pueda encontrar algo profundamente humano: pertenecer.
A veces también necesitamos aceptar algo mucho más sencillo: no tenemos que poder con todo, tampoco nuestros adolescentes. Habrá momentos en los que nuestros propios recursos no alcancen y pedir ayuda será necesario; por eso quizá el verdadero reto no sea solamente enseñarles a pedirla, sino construir alrededor de ellos una comunidad donde hacerlo no dé vergüenza, donde alguien escuche sin juzgar y donde existan instituciones capaces de responder.
Y quizá por eso también me hace feliz escribir esta columna. Porque RECONOCER nació para mirar aquello que ocurre a nuestro alrededor y ponerlo en palabras, pero en este mundo digital también puede convertirse, aunque sea por unos minutos, en una forma de acompañarnos. No sustituye una conversación frente a frente, una red cercana ni la atención de un profesional cuando se necesita; pero puede abrir una conversación, acercar información o simplemente recordarle a alguien que del otro lado de la pantalla también hay seres humanos.
Septiembre termina y con él esta serie dedicada al suicidio, pero no tendría sentido despedirla diciendo solamente “pide ayuda”. Después de todo lo que hemos revisado durante estas semanas, quizá podemos decir algo más completo: cuando no puedas, pide ayuda; y cuando alguien llegue hasta ti pidiéndola, escucha antes de juzgar.
Porque ninguno de nosotros puede con todo, todo el tiempo.
Y quizá tampoco se trate de eso.
Quizá se trate de aprender que algunas partes del camino podemos recorrerlas solos y que, para otras, necesitamos encontrarnos.
Nos seguimos leyendo. Y, mientras podamos, nos seguimos acompañando.
“Reconocer”
Mtra. Luisa Leticia Pérez Medina, profesora en ICATEQ, plantel San Juan del Río, Querétaro, Desde la frontera entre pantallas y cuerpos, entre aulas y redes, entreteje los hilos de la tecnología y la sociedad con la fe de dejar, en cada lector, una chispa de reflexión sobre cómo habitamos el internet.
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